Buenos Aires y sus palmeras

“conviviendo con el enemigo”

Jorge Monteverde© – Noviembre 2010
Sin ánimo de ser muy novedoso en el tema, creo interesante para el lector, mostrar con cierto detalle, la asociación “inocente” que suele darse en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores entre ciertas palmeras y un árbol de la familia de las moráceas (Moraceae) denominado vulgarmente ‘Ibapoy’, ‘Higuerón’, ‘Higuera brava’, ‘Agarrapalo’, entre algunos otros, e identificado por la ciencia como Ficus luschnathiana (Miq.) Miq. y que tal vez pueda ser conocido por su sinónimo Ficus monckii, nombre con el que la literatura científica lo mencionó durante muchos años.

Voy a relatar entonces, una observación bastante habitual para los que solemos mirar hacia arriba en los parques y plazas de la ciudad, cual es la de apreciar que muchas palmeras por estos pagos, tienen un acompañante perpetuo que las ve crecer, desarrollarse, pasando los años junto a ellas, aferradas perpendiculares a sus estípites (troncos), muy arriba, a menudo cercanas a sus hojas más antiguas mientras su propio aspecto no cambia casi en nada con el paso del tiempo, manteniendo su apariencia de pequeño arbustito con dos o quizás tres ramas modestas y con pocas hojas, pensando como al principio, que parece una asociación casual e “inocente”.

Esta planta nativa, endémica del noreste argentino, sur brasileño, centro sur paraguayo y oeste uruguayo, pariente cercana de las higueras comunes de higos comestibles (Ficus carica) y de los inmensos “gomeros” (Ficus elástica o F. macrophylla) como los del barrio “La Recoleta” o los cada vez más habituales “ficus” (Ficus benjamina) de hojas perennes y lustrosas que equivocadamente y con inquietante habitualidad adornan cada vez más aceras o veredas, tienen la particularidad de ser sumamente prolíficos para propagarse gracias a la dispersión mediante pájaros (ornitócora), quienes comen sus frutos y con sus deyecciones al posarse en las hojas o restos foliares de las palmeras, dejan caer también las semillas fértiles en lo más alto de los ejemplares, listas para germinar en algún intersticio apropiado. Otras formas de propagación zoocora (por animales) mediante roedores se han determinado para esta especie en diferentes ambientes.

¿A qué palmeras acompaña esta planta? Pues no son demasiadas las especies de palmas que ornamentan Buenos Aires: Phoenix canariensis, Washingtonia sp sean las ‘filífera’ o las ‘robusta’, Syagrus romanzoffiana (Pindó), más algunas Butia yatay, algunas Butia capitata, y eventualmente Livistona chinensis. El acompañamiento se da principal y obviamente en la más numerosa, que es la P. canariensis, ocasionalmente en alguna Butia sp. Nunca he visto en Washingtonia sp. u otras especies. Lo atribuyo a que las primeras tienen restos foliares que ayudan a que las semillas queden atrapadas y germinen, mientras que Washingtonias o Syagrus tienen estípites mas lisos poco facilitadores.

Con la germinación en el lugar apropiado, comienza una historia de relación “epifíta”, es decir de crecimiento de una planta sobre otra sin parasitarla, sea esto sin quitarle su alimento. La planta epífita germina, crece manteniéndose fuera del suelo utilizando su huésped como apoyo. En estas latitudes, por estar en el borde mismo de los limites de dispersión natural de esta planta, el huésped no alcanza en general (hay excepciones), a tener el final que si es previsible en provincias más cálidas como Santa Fe, Corrientes, Chaco, Formosa o Misiones para nombrar sólo las divisiones políticas argentinas, pero que se repite a igual o menor latitud en los países vecinos ya nombrados.

¿Y cuál es ese final previsible que podemos verificar frecuentemente más al norte?
Veamos para ello cómo es una apretada síntesis de su comportamiento vital: ya habíamos dicho que un pájaro deposita semillas en una rugosidad suficiente para alojar algo de resto de hojas, algo de polvo, cierta humedad y la semilla. Al germinar ésta, la incipiente plántula emite raíces que se sujetan a las rugosidades de la corteza y comienzan a extenderse por el tronco del anfitrión para mantenerse en ese ambiente aéreo. A medida que va creciendo la planta (no mucho, una o dos ramas de 2 mts. a lo sumo), las raíces siguen extendiéndose sujetas al tronco en general tendiendo hacia el suelo (se ven casos en que algunas toman dirección hacia arriba). Luego, en muchos casos, emite raíces aéreas que no son de sujeción, sino colgantes, que con suficiente lentitud intentan alcanzar el suelo. Cuando eventualmente alguna de cualquiera de las raíces llega a tierra firme, la planta comienza a demostrar mayor vigor y las raíces que se extendían por el tronco comienzan a ensancharse y unirse entre si tomando ellas, poco a poco, apariencia de tronco. Ese tronco, con el tiempo, mas el que se forma con las raíces que han llegado al suelo, se extiende rodeando al anfitrión, emite ramas que le van dando más apariencia de árbol y finalmente ese crecimiento lo encierra completamente a modo de abrazo mortal y da lugar a que el Higuerón o Ibapoy quede tomando el lugar que antes era su ocasional apoyo.

Aunque digamos estranguladora, no es literalmente eso lo que en realidad hace esta higuera con su “víctima” como si fuera una serpiente constrictora. Es lo que parece, por lo que exteriormente se puede ver, pero durante muchos años ambas plantas conviven una sujetando a la otra sin que el anfitrión sufra con el abrazo, es decir que no la comprime. Algunos dicen que en realidad este árbol se desarrolla lo suficiente sobre su infortunado apoyo formando una espesa copa de hojas perennes, como para prácticamente anularle la iluminación necesaria para su vida normal y de ese modo lentamente se debilita y finalmente muere.

Así termina, en lugares más cálidos que en Buenos Aires, el ciclo de vida de la palmera anfitriona y “comienza” el ciclo, como árbol pleno, de este particular miembro del reino vegetal, mientras que en Buenos Aires nuestras palmeras “duermen con el enemigo” en una compañía inocente que de darse en latitudes más cálidas, tendría a plazo fijo un vencedor y un vencido conocidos de antemano.

No sería justo dejar de mencionar que esta higuera nativa no solamente utiliza como apoyo palmeras, sino cualquier árbol que le otorgue la oportunidad propicia, siendo testigo en esta ciudad de epifitismo en algunos seibos (Erythrina crista-galli), en fresnos (Fraxinus americana) casuarinas (Casuarina cunninghamiana) “Tipas” (Tipuana tipu) etc., (todos de hojas deciduas salvo por la casuarina que albergaba su huésped en una bifurcación no común del tronco principal y en lugar sin sombra de hojas), pero no es para nada habitual.

También debe quedar claro que el epifitismo es una de las estrategias de propagación de este árbol, pero no se agota allí, porque también suele crecer de la manera clásica, formándose como árbol desde un principio cuando su semilla cae en tierra firme y la germinación se produce sin necesidad de contar con un apoyo previo. En el histórico Parque Lezama hay un ejemplar con ese origen.

Y una última consideración está dada en que no necesariamente debe ser un ser vivo su medio de apoyo. Hay un ejemplo muy conocido de esta planta (conocida allí como Higuera brava) creciendo sobre una pared de las ruinas jesuíticas de San Ignacio (Patrimonio de la Humanidad) en la provincia de Misiones.

Finalizando, unas palabras para aquellos que no sean connacionales y que tal vez tengan alguna vez la oportunidad de acercarse a estas playas y que a su vez hayan tenido la oportunidad de leer este artículo. A esas personas quiero mencionarles que en la famosa e histórica Plaza de Mayo, frente a nuestra Casa de Gobierno Nacional, encontrará dos ocurrencias de este ‘Higuerón’ entre las ocho centenarias Phoenix canariensis que alli estan plantadas.

En sus caminatas por la ciudad seguramente recorrerán la Av. Santa Fe, elegante y comercial. A la altura del cruce con la Av. Callao desvíense sólo una cuadra y encontrarán la “Plaza Rodriguez Peña” sobre esta última avenida; allí se podrán ver otros casos iguales al anterior sobre tres ancianas P. canariensis. de las siete con que cuenta ese paseo.

A pocos metros de allí, no más de 50 , frente al Palacio Pizurno, o mejor dicho entre el Palacio y la Plaza Rodriguez Peña, podrá ver una Butia yatay con igual compañía. En el Jardín Botánico de la ciudad también podrá apreciar un antiguo ejemplar de esta estranguladora sobre otro árbol, pero avanzada en su misión envolvente. Cuando haya visto algunas de estas situaciones, ya no necesitará mayores guías, cada 2 o 3 plazas que observe, seguramente tendrá más ejemplos de esta acompañante “inocente”, aunque sólo inocente aquí, en Buenos Aires.



Agradecimientos:
Agradezco a colegas y amigos que me facilitaron algunas imagenes para ilustrar este trabajo

Bibliografia:
* Enciclopedia Argentina de Agricultura y Jardinería – Tomo I «Descripción de las plantas cultivadas» Tercera Ed. – Ing. Agr. Milan J. Dimitri Ed ACME (1978)
*Arboles de la ciudad de Buenos Aires – Ing. Agr. Graciela Barreriro – Vazquez Mazzini Editores (2007)
* Arboles rioplatenses – Arboles nativos y naturalizados del Delta del Paraná, Martín García y Ribera Platense. Héctor B. Lahitte, Julio A Hurrell et al. – Ed. L.O.L.A. (1999)
* El Nuevo Libro del Arbol Tomo II «especies forestales de la Argentina oriental» 2a. Ed. – Ed. El Ateneo. (1997)

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